Es muy triste constatarlo pero hay sitios y barrios que lo único emocionante que le ofrecen a sus jóvenes son dos formas de autodestrucción inexorable: las drogas y las armas. Por eso las noticias terribles que leemos sobre tragedias cotidianas en Mumbai, Los Angeles, Tijuana o Sao Paulo, donde bandas de niños buscan exterminarse sin remedio.

Hasta hace apenas cinco años Medellín, Colombia, era una de esas ciudades condenadas a no brindarles a sus niños y jóvenes oportunidad alguna de sano esparcimiento, de cultura o desarrollo personal y grupal. La situación está cambiando porque el Estado ha comprendido que debe hacer presencia, no solo con la autoridad vigilante de la policía, sino sobre todo con espacios de ocio, de diversión y de cultura.

Esa historia está todavía por contarse. Y requiere de narradores diestros y ojos avizores, como los que posee un periodista y blogger de la sensibilidad de Víctor Solano.

Después de participar en Medelink, Víctor decidió treparse por entre curvas, cañadas y decenas de volquetas cargadas de escombros, a escudriñar algunos sectores de “La Loma”. Al regresar a Bogotá escribió una crónica que yo les recomiendo.

Para narrar, como Víctor lo consigue, se requiere talento y mucho oficio: capacidad de observación e indagación aguda para poder dimensionar lo percibido. Porque no basta con limitarse a describir. El acertijo está en captar, con sabiduría e intuición, el meollo de ciertos fenómenos que a muchos otros se les escapan de la vista.

(Patton lo acompañó y plasmó su visión en estas vistas.)

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